
Alfredo Di Stéfano sentenció una vez que las finales no se juegan, se ganan. Es curioso que el mejor jugador de todos los tiempos, como le catalogan los que le vieron jugar, apelara a una frase tan lapidaria como carente de hermosura en referencia al fútbol y sus derivados. Posiblemente la pronunció cuando era entrenador.
Y ya se sabe que cuando se es jugador se piensa de una manera y de otra muy diferente cuando uno pasa a los banquillos. Al menos es así en la mayoría de los casos. Siempre fue el camino del fútbol la mejor vertiente para llegar al resultado. Y es cierto, también, que llegados a este punto, da igual cómo se consiga. Lo importante, y así responderían los implicados, es vencer, y lo demás es poesía o demagogia, con el máximo respeto para el primer término.
Seguramente Di Stéfano, palabras mayores, quiso decir que en saber competir está la clave, sin renunciar a tus principios, pero transformándote, poniéndote fuera de sí, acudiendo a rincones inescrutados porque la gloria está en juego, ser feliz tú y hacer feliz a miles de personas, porque recuerdo que el San Roque, tras lo vivido hasta ahora, tiene a 30.000 almas detrás. Imaginamos que los jugadores lo saben. Ellos, precisamente ellos, son los que han sembrado de piropos a los incondicionales en cada comparecencia. Así pues, el recordatorio es mutuo, por lo que el olvido no existe y la comunión roza lo extraordinario.
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